MIRADAS INDISCRETAS- I

La suavidad de la tela me reconforta. Respiro en profundidad acercando el cuello de la camisa a la nariz, huele a él… Parece mentira que hayan pasado diez meses y todavía continúo teniendo la sensación de que al entrar por la puerta de casa, después de una jornada en la oficina, me lo encontraré intentando preparar la cena. Tan sólo dura un instante hasta que soy consciente de la realidad.

Me consuelo de forma retorcida, vistiéndome con una de sus prendas, una camisa blanca, la cual aún conservo por puro masoquismo. No puedo… me es imposible desprenderme de lo poco que ha dejado a su paso. Se marchó antes de que pudiéramos formar una familia, antes de que intentáramos cumplir alguno de sus locos viajes al extranjero. La enfermedad llegó fulminantemente a nuestras vidas arrebatándole a él la suya, y al mismo tiempo llevándose la mía al abismo.

Quizá tenga que hacer caso a mis amigas y deba ir pensando en pasar página. Pero es complicado cuando sigues enamorada de la única persona con la que has estado desde que tienes uso de razón. Primero como amigos en el instituto, y años más tarde en la universidad, la relación cambió con el beso que nos dimos en el primer año de facultad. Cuando nos graduamos nos vinimos a vivir juntos y comenzamos a hacer planes de futuro; la compra de una casa, boda, hijos e incluso un perro.

Nada de eso se cumplió. No obstante, mis sentimientos continúan intactos.

Pego un pequeño salto llevándome las manos al pecho al escuchar el tono del móvil, y frunzo el ceño al no reconocer la melodía. Seguro que ha sido cosa de Sam, mi sobrino de seis años, que aprovechó que estaba hablando en la cocina con mi cuñada  sobre los cambios en la dirección de la empresa que vamos a sufrir en los próximos meses, para toquetear mi teléfono.

―¿Diga? ―pregunto nada más descolgar.

―Tarah, creo que Sam nos ha dado el cambiazo ―me comenta Julie, con un timbre de voz que denota fastidio.

―¿A qué te refieres?

―¡A los móviles! ―alza la voz, y compruebo alejándolo de la oreja que tiene razón.

― No te preocupes. Mañana antes de ir al trabajo me acerco en coche hasta vuestra casa y hacemos el intercambio. No pasa nada.

―Lo siento. Este niño no para quieto ni un segundo, ni me enteré de cuando ocurrió.

―Julie, te he dicho que no pasa nada. ¿Aún no ha vuelto mi hermano de París?

―Estará al caer, dijo que su vuelo llegaba sobre las nueve ―llevo la mirada al reloj de la cocina y compruebo que quedan diez minutos para que sean las diez―. ¿Te ibas ya a la cama?

―Sí, estaba a punto.

―Deberías de mudarte… ―Siempre con lo mismo. Desde que Daniel falleció no he dejado de escuchar eso una y otra vez. Exhalo con fuerza cansada de tener que argumentar cada poco que me gusta vivir aquí―. Está bien, no volveré a insistir. Aunque creo que vivir sola en ese apartamento no te ayuda a superarlo.

―Julie. Te voy a colgar, nos vemos mañana.

―Pero…

―Adiós… ―me despido sabiendo que no se enfadará. Me conoce a la perfección y sabe que simplemente no quiero alargar el tema.

Apago el móvil y lo dejo sobre la pequeña mesa que hay en el salón, cerca de las llaves del coche para que no se me olvide llevárselo.

Camino descalza hasta la ventana para cerrar la cortina, y me percato de que en el edificio de enfrente, ese que lleva desde que me mude sin movimiento alguno, tiene las luces encendidas. Los ventanales son enormes, no me había dado cuenta de ello hasta este instante. Puedo ver perfectamente toda la distribución sin esfuerzo al tratarse de un loft totalmente diáfano. La cocina, decorada en colores vibrantes y modernos, tiene una barra que separa la zona de lo que parece el salón. Ladeo un poco la cabeza hacia la izquierda para seguir con la inspección. Un sofá en tono blanco, televisión de última generación colgada en una de las paredes y justo donde hace forma de ele, creo ver lo que es la esquina de una cama.

Chasqueo la lengua con fastidio, la curiosidad me puede. Cierro la cortina y ando los pasos que me separan de la siguiente ventana, mientras pienso en que su vivienda parece mucho más grande y espaciosa que la mía, pero claro, mi apartamento no tiene una reforma de tal calibre, aún conserva las separaciones originales del arquitecto de la época.

Cuando decidimos venirnos a vivir a las afueras de Londres, Daniel buscó como un loco un lugar tranquilo y que al mismo tiempo fuera económico ―sonrío con tristeza― intentábamos ahorrar para la boda… No tardó mucho en dar con este sitio y, es que es ideal. Con cuatro plantas de altura, éste y el edificio de enfrente son prácticamente las únicas edificaciones altas de todo Epsom. Tuvimos que trabajar una barbaridad en adecentarlo antes de poder terminar de mudarnos. Estaba fatal, recuerdo soltando una risa agridulce.

Deslizo la cortina y sin poder evitarlo mi boca se abre, la cierro al segundo pero sólo para poder tragar saliva. Un hombre, mi nuevo vecino… está, está desnudo.  Entreabro de nuevo la cortina y lo observo de perfil. Lo primero que me ha llamado la atención ha sido su estatura, es altísimo… Pero, pero ahora no puedo quitarle la vista de encima y realizo un escrutinio veloz; cabello castaño casi rubio, espalda y hombros fuertes, músculos bien definidos, muy bien definidos.

Creo que me está entrando calor.

Gesticula como si hablara con alguien, y le dedica una sonrisa seductora. Avanza dos pasos y lo pierdo de vista. Expulso todo el aire contenido de los pulmones, no debería de estar espiando a nadie, niego con la cabeza. Me dispongo a dar por acabada la sesión del día cuando alzo de nuevo la mirada y, ahí está de nuevo, sólo que en está ocasión besa a una mujer mientras la aprisiona contra la pared. Lo que sucede a continuación es tan rápido que no me da tiempo a reaccionar, él la sujeta por los muslos y la levanta sin dificultad, ella le apremia abrazándole con brazos y piernas. Lo último que logro vislumbrar antes de apartarme del todo de la ventana es el rostro de placer de la mujer al ser penetrada por él de una sola embestida.

―No me lo puedo creer… ―susurro con un hilo de voz.

 

Durante la siguiente semana en el trabajo nos informan que un nuevo directivo se incorporará en unos días. Según los rumores que me llegan a través de mis compañeras, es americano y tiene veintiocho años, cinco más que yo. Desde la central en Múnich han dado órdenes de que se haga cargo de la empresa de aquí. Miro con recelo la puerta que tengo a pocos pasos de mi escritorio, ese puesto tendría que haber sido mío. No obstante, parece que mis jefes no piensan igual y han preferido traer a alguien con experiencia previa.

 

Cuando llego a casa cada noche miro por la ventana sin saber muy bien lo que espero observar. He estado toda la semana pendiente de encontrarme con algún tipo de señal por parte de mi vecino sin resultado alguno.

Me preparo una ensalada para cenar, y emito un suspiro al desprenderme al fin de los zapatos de tacón. Sostengo entre las manos la bandeja y la poso sobre la mesa mientras la vista se me va hacia la ventana. Dudo que vuelva a encontrarlo como la última vez, sin embargo, decido ir a averiguarlo.

La adrenalina comienza a hacer su efecto en mí y siento el latido de mi corazón en los oídos al comprobar que tiene la luz encendida. Me muerdo con nerviosismo el labio inferior, reviso con rapidez cada rincón de su apartamento buscándolo con impaciencia. Lo encuentro realizando flexiones en el suelo cerca de la zona del salón. Cada músculo de su cuerpo se contrae y relaja con cada movimiento que ejecuta a la perfección. Yo por mi parte soy incapaz de retirar la mirada, me deleito desde la distancia sin remordimiento alguno.

Acto seguido, se yergue y camina hasta la puerta de la entrada, una mujer distinta a la del otro día, entra con confianza y se retira la gabardina negra que lleva puesta arrojándola por cualquier sitio. Sin apenas un saludo de por medio, comienza a desvestirse. No me lo puedo creer. ¿Será un gigoló?

La besa con furia, sujetándola del cabello mientras se terminan de retirar la poca ropa que les queda. Él, se sienta en el sofá completamente desnudo, predispuesto y con una erección más que notable, se coloca un preservativo y espera a que ella haga el siguiente movimiento. Este hombre no es normal. Sé que no tengo mucha experiencia, y que no puedo compararlo con otra persona que no sea Daniel, pero estoy convencida de que supera con creces la media, y la supera sin dificultad.

La chica se monta encima de él colocando las rodillas a cada lado, y baja con lentitud envolviendo su miembro mientras echa la cabeza hacia atrás. Una vez unidos por completo quien toma la iniciativa es mi vecino que la obliga a que agache la cabeza en el hueco de su cuello y levanta la cadera para penetrarla una y otra vez sin miramientos.

Mi respiración se acelera, la excitación que siento va en aumento y entreabro la boca para emitir un jadeo en alto que no puedo controlar. Sin perder el contacto visual, deslizo la mano por mis pechos, bajo por mi abdomen hasta introducirla dentro de mi ropa interior, y comienzo a mover mis dedos que juegan impacientes con mi clítoris esperando alcanzar un orgasmo. Algo que llevo sin sentir desde hace mucho tiempo. Pero en su lugar me quedo petrificada al darme cuenta de que su mirada está fijada en la mía. ¡Me ha visto!

No se aprecia ningún tipo de emoción en su rostro, continúa moviendo su cadera arriba y abajo sin importarle que sea observado por una desconocida. Retiro la mano de mis partes, y cierro la cortina con una velocidad asombrosa, avergonzada de haber sido pillada in fraganti. No volveré a espiarle.

 

El fin de semana se esfuma entre los dedos y casi no soy consciente de lo rápido que ha llegado el lunes. Todos los empleados de la décima planta estamos reunidos en la sala de juntas a la espera de la presentación oficial que está por ocurrir. Angie y Karla  charlan sobre los cambios que pueda ocasionar su presencia cuando de repente todos enmudecen, signo indiscutible de que acaba de llegar. Me siento en la silla que tengo más cercana y me paso un mechón de pelo detrás de la oreja antes girar la cabeza para ver al que será mi nuevo jefe.

―Buenos días. Mi nombre es Hunter Jones. ―¡Es él! ¡Es… es mi vecino! Tierra trágame.

 

 

©Antiliados

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Si has disfrutado con el relato de Tarah y Hunter, te gustará conocer de primera mano mis otras obras. “En busca de Adam, “El despertar de Alex” y La obsesión de Max”. Te invito a que conozcas sus historias y te dejes llevar por la pasión y el amor.

 

36 comentarios sobre “MIRADAS INDISCRETAS- I

  1. Tu nos quiere matar!!! Me encanta,te engancha desde el principio,lo estás leyendo y lo al mismo tiempo imaginado cada escena.. Eres impresionante

    1. Hola, guapa. Puedes suscribirte al blog desplegando las pestañas que están situadas en la parte superior izquierda. Justo al final verás donde tienes que ingresar el mail para estar suscrita.

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