MIRADAS INDISCRETAS III

Las reglas del juego

Debería sentirme avergonzada por lo que sucedió el sábado. Dejarme llevar de esa manera no es algo que reconozca en mi comportamiento habitual. Sin embargo, por alguna extraña razón fue liberador. Y no sólo por el hecho de conseguir un orgasmo espectacular, que también, sino porque me he dado cuenta de que han pasado varios días y no he vuelto a sentirme melancólica con el recuerdo de Daniel.

Pese a todo, no puedo permitir que vuelva a suceder una cosa similar. Es mi jefe, un desconocido total, es… inmoral.

Tardé cerca de una hora en escoger la ropa, no quería que creyera que iba ni muy sugerente, ni demasiado elegante. Al final, no sirvió de nada vestirme como una monja de convento. Cuando me incorporé al trabajo el lunes en la mañana, salí decidida de casa, tenía pensado acudir a su despacho para poner las cosas claras. Sin embargo, Hunter, no estaba, lo habían llamado de la central y no regresaría hasta el viernes.

Actúe con normalidad durante el resto de la semana; atendí llamadas, preparé informes, y me reuní con clientes potenciales. En más de una ocasión me he visto hipnotizada observando, por encima de la pantalla del ordenador de mi escritorio la puerta de su oficina.

No sé en qué tipo de juego pretende que participe. Lo cierto es que me da temor saber que es capaz de hacerme perder el norte con una simple mirada.

Y tras tener este tipo de debates internos durante varios días, ha llegado el viernes sin apenas darme cuenta. Necesito despejar la mente, creí que estaba preparada para enfrentarme a él, pero me doy cuenta de que no es así. En unas horas estará aquí, y las piernas me tiemblan, no dejo de pasarme las palmas de las manos por el largo de la falda con nerviosismo.

—Tarah —me llama Izan, un compañero que lleva las últimas semanas intentando convencerme para que lo acompañe a tomar algo. Levanto la vista, muestra su perpetua sonrisa en el rostro, impecable como de costumbre, lleva puesto un traje negro que realza sus ojos verdes—, ¿te animaras hoy a acompañarnos?

Abro la boca con la intención de rehusar la invitación, cuando de repente veo a Hunter salir del ascensor, y no puedo evitar que la respiración se me atasque. Lo observo de reojo, más que nada por si su mirada se desvía…

—Tarah —vuelve a insistir Izan poniendo la palma de la mano delante de mi cara, logrando que varios de mis colegas se volteen en nuestra dirección, menos él. De alguna forma eso me enfada.

—¡Qué! —exclamo en alto.

—Pues que…

—Sí, sí que iré —respondo con rapidez intentando fijar la mirada en Izan, en vez de estar pendiente de la reacción de mi jefe—. Me vendrá bien salir un rato.

—Perfecto —vuelve a mostrar esa sonrisa, la cual no llega a transmitirme nada en absoluto.

 

Recojo los informes, y los guardo en el archivador mientras el ordenador se apaga. Le tuve que decir a Izan que no esperase por mí, y que acudiría a la cervecería en cuanto terminase de cerrar el acuerdo de publicidad con el señor Lee, dado que estaba en mitad de una videoconferencia con él. Sería irrespetuoso darla por concluida sólo porque mi turno acabó hace medía hora.

Reviso que no quede nada fuera de lugar, y cuando me dispongo a ponerme el abrigo para marcharme el teléfono suena.

La luz roja que parpadea muestra que proviene del despacho de Hunter.

¡¿Ahora pretende que hablemos?!

Giro la cabeza a un lado y al otro, no queda nadie, hará unos quince minutos que se habrá marchado Izan. Estoy sola.

El sonido de la llamada continúa resonando con persistencia. Clavo la vista en la puerta de Hunter, la tiene cerrada. Debería ir y dar la cara. Ya no soy una niña de diecinueve años que se deja manejar de cualquier forma.
Saco el móvil y le envío un wasap a Izan avisando de que tardaré un rato en bajar.

Con paso firme avanzo hasta su despacho, y golpeo la puerta con los nudillos esperando que me dé permiso para entrar. «Pase» su voz grave logra desestabilizar mi confianza. Giro el pomo con lentitud, y me paso la lengua entre los labios antes de dar un paso dentro.

Hunter está sentado en su escritorio, atento a la pantalla del ordenador. No me mira, ni me dice nada, su silencio me incomoda. ¿A qué espera para hablar?

―Tome asiento, señorita Jenkins ―realiza un gesto con la mano señalando la silla que está enfrente de su mesa sin dirigirme la mirada.

―Gracias pero tengo prisa ―alza la vista, y me sujeto al asa del bolso que llevo con fuerza. Parece que ni negativa no le haya gustado demasiado―. ¿Necesita algo?

Se levanta colocando las palmas de las manos en la mesa sin dejar de mirarme fijamente, y comienza a rodearla con una paciencia y calma que me pone de los nervios.

―¿Por qué es la última en salir, si tanta prisa tiene? ―Su pregunta me extraña, mete las manos en los bolsillos y mis ojos se dirigen inconscientemente a esa zona. Levanto la cabeza con rapidez y noto mis mejillas arder.

 

―Tenía una videoconferencia con el señor Lee, no podía cortar la conversación o se lo tomaría como un insulto. ―Realiza un gesto breve de comprensión con la cabeza. Entrecierra los ojos, y planta los pies quedándose a dos pasos de mí―. ¿Algo más, señor, o puedo marcharme?

 

Una sutil sonrisa cruza sus labios, estoy convencida de que esta situación la está disfrutando. Como no me contesta me giro con la intención de marcharme ante la incomodidad de tenerlo tan cerca.

Coloco la palma de la mano en el pomo de la puerta, y su respiración se acentúa, siento sus labios pegados al lóbulo de mi oreja.

 

―Aún no te he dicho que puedas irte ―me susurra al oído, consiguiendo que un escalofrío recorra mi espalda de abajo a arriba.

 

Me giro con la intención de enfrentarle, esto debe acabarse aquí mismo. No pienso dejar que me intimide en mi puesto de trabajo.

 

―¿Se puede saber qué quiere de mí? ―Sus ojos recorren mi rostro realizando un escrutinio al que jamás me han sometido. Desvío la mirada incapaz de mantenerla firme.

 

―Lo quiero todo, y no me conformaré con menos. ― Indignada y excitada a partes iguales vuelvo mirarle a los ojos.

―¡¿Y eso qué quiere decir?! ―Niego con la cabeza, esto está más allá de una mera fantasía y debo, tengo, que frenarlo ya―. Miré, no sé lo que pretende enviándome mensajes para que participe en un juego que no comprendo, y puede que parte de la culpa sea mía al prestarme a ello, que no lo niego. Pero no quiero que interfiera en mi trabajo. Se acabó.

Termino exponiendo lo que pienso en alto, dando un golpe seco con el tacón en el suelo para reafirmarme. Él, sin embargo, no muestra ningún signo de malestar, mantiene su pose serena, distante, y silenciosa que tanto odio.

―Buenas noches, señorita Jenkins ―extiende el brazo y gira el pomo de la puerta―, nos veremos pronto.

Extrañada, me alejo de él y camino dirección al ascensor. No miro a atrás, me niego a seguir siendo su títere.

 

El ambiente del pub al que me llevan mis compañeros es muy distinto al tipo de locales que suelo acudir. La música suena a todo volumen, mientras los cuerpos de la gente se contonean en la pista de baile. El lugar está a rebosar, no cabe un alma y he tenido que dejar el abrigo en la entrada para no morirme asfixiada a los dos minutos.

Llevaré un par de pisotones en el poco rato que llevo dentro, y al próximo que me dé otro pienso clavarle el tacón con ensañamiento y premeditación. Lo juro.

Izan señala una mesa al fondo del local, logro divisar a un par de compañeros de la oficina en ella que ríen y beben mientras conversan. Me coloca la palma de la mano en la parte baja de la espalda y acelero el paso para que deje de tocarme.

Saludo a todos antes de tomar asiento, y me pido una copa. Izan se arrima a mí y deslizo mi trasero un poco más para dejarle espacio. Angie deja de coquetear con el becario y me mira por primera vez.

―¡Vaya qué sorpresa! Les había dicho que no ibas a venir ―comenta risueña.

―Pues te has equivocado, aquí estoy ―me llevo a los labios la copa y saboreo el sabor del coctel que me han servido.

Charlamos y reímos recordando anécdotas de clientes que darían para escribir un libro como mínimo. Durante ese tiempo me he bebido dos copas más y retirado la mano de Izan de mi rodilla unas cuatro veces. No me encuentro incomoda, solo me fastidia que no se dé por aludido y comprenda una indirecta.

De repente la conversación da un giro repentino.

―¿Y qué me decís del nuevo jefe? ―Angie no sabe morderse la lengua.

Me levanto, y me excuso para ir al aseo. No quiero participar de ninguna manera en esa charla.

Tengo que esquivar a varias personas que hace tiempo deberían de haber dejado de consumir alcohol, y localizo la entrada a los baños de mujeres.

Tras hacer mis necesidades y lavarme las manos, escucho el sonido de mi móvil y lo saco del bolso.

Número desconocido: El juego continúa.

―¡La madre que lo parió! ―grito en alto consiguiendo que la chica que se maquilla en el espejo de al lado me mire de reojo como si estuviera loca.

Decido contestarle por primera vez desde que me envió un mensaje.

Tarah: No quiero jugar.

Número desconocido: Eso no es cierto y lo sabes. No sabes lo que quieres, pero yo te lo mostraré.

¿A qué se refiere? Guardo el teléfono en el bolso con rapidez, tengo la paranoia de que en cualquier momento entrará y me hará las cosas que le he visto hacer a esas mujeres. Y lo que más miedo me da de todo ello, es la creciente excitación que me genera la idea. ¿En qué me está convirtiendo?

Me apresuro a salir del baño, y me dirijo a dónde están mis compañeros. Les comento que no me encuentro muy bien y que me marcho a casa.

―Te acompaño, no puedes conducir en tú estado ―insiste Izan haciendo el amago de erguirse. Levanto una ceja, ni que él estuviera mucho mejor de lo que lo estoy yo.

―Gracias, pero iré en taxi. Nos vemos el lunes ―me despido de todos sin dar tiempo de réplica a Izan y me alejo de allí.

No me cuesta mucho encontrar un taxi, y darle la dirección de mi casa. Durante el trayecto me rompo la cabeza con en el significado de su último mensaje, y me enfado. Me cabreo por hacerme dudar, por hacerme replantear lo que deseo.

Al bajar del coche, y tras pagar al conductor. Alzo la vista con impaciencia, no hay signos de que este en su loft, tiene la luz apagada. Frunzo el ceño, me estoy cansando de este ir y venir que tiene entre manos.

Saco las llaves del bolso, mis dedos rozan el teléfono móvil que vibra en ese instante, y doy un pequeño respingo sobre los pies. Al retirarlo, observo la pantalla, es él.

Número desconocido: ¿Quieres dejar el juego? Es decisión tuya. Pero has de saber que no habrá vuelta atrás, si eso es lo que realmente decides al final. Los mensajes terminaran, y no volveré a molestarte.

Alterno la mirada entre su ventanal, que ahora sí tiene luz, y mi teléfono. No puedo creer que este sopesando seguir con toda ésta locura.

Tarah: ¿Qué quieres de mí?

Número desconocido: Lo quiero todo.

La respiración se me atasca en la mitad de un jadeo que suelto al leerlo.

Número desconocido: Ven.

Breve, y conciso. No me pregunta, es una orden. Vuelvo a releer los mensajes, y una frase especifica destaca sobre el resto: «Es decisión tuya».

Me debato entre subir a mi apartamento, darme un baño, meterme en cama y olvidar por completo todo, o… dejarme llevar. Me toco el puente de la nariz con los dedos índice y pulgar, cierro los ojos durante un instante. Para cuando los abro y vuelvo a mirar hacia arriba, la luz se ha apagado.

¡¿Y ahora eso qué quiere decir?!

 

Tardé cinco minutos en llegar a su portal, cruce la calle como seis veces cambiando de opinión cada vez que tenía frente a mí la entrada de su edificio. ¿Cómo llegue a entrar en el ascensor? Sencillo, abrió la puerta y me dijo a través del interfono que subiera. Así de simple. Sin embargo, no dejo de temblar cada vez más y más a medida que se acerca su planta. Los latidos de mi corazón van por libre, no dejan de resonar en mis oídos.

El tintineo del ascensor al llegar me deja sin aliento, las puertas se abren de par en par, y doy un paso al frente. Me giro con la intención de volver dentro, pero en ese instante el sonido de las bisagras de la puerta de su casa suenan, como si de una película de terror se tratase. Invitándome a entrar en la boca del lobo.

Y de ese modo me siento, como una presa que se dirige directa a una trampa. Apunto de ser engullida por una bestia famélica a la que muy posiblemente deje que me devore. Inconsciente de mí, perdiendo el poco juicio que me queda, y camino dirección a lo desconocido.

Entro intentando vislumbrar algo en la penumbra del loft. Por alguna razón a decidido mantener las luces apagadas. Me asusto ante el sonido de la puerta al cerrarse y me giro con rapidez. ¡¿Qué demonios hago aquí?!

Extiendo las manos para intentar tocar una pared, o llegar a la salida. Parece mentira que la luminosidad sea tan escasa aquí dentro, pese a que no tiene ni una sola cortina colgada en los ventanales.

―Relájate Tarah ―menciona mi nombre y me quedo petrificada.

―¿Por qué no enciendes las luces? ―digo a la carrera con nerviosismo.

―Aquí el que decide cuándo y cómo soy yo ―frunzo el ceño ante la aparente tranquilidad que transmite su voz―. Has aceptado venir por propia voluntad, y eso me agrada.

«¡Vaya, pues me alegro que así sea!» Pienso con sarcasmo.

Me tenso cuando escucho el sonido de sus pisadas acercándose con sigilo. Trago saliva con fuerza. ¿Qué tiene pensado hacer?

―Antes de nada, voy a explicarte las reglas de este juego ―me comenta, y siento como el sonido de su voz deambula alrededor de mí. ¿Cómo es capaz de ver algo en esta oscuridad?

―¿Reglas, qué reglas?

―Impaciente ―murmura―. Reglas. Todo juego tiene las suyas propias y antes de dar comienzo al nuestro debemos pactar cuales serán. ¿Estás de acuerdo en ello?

―Cre… creo que sí.

―¿Sí o no? ―inquiere con rotundidad.

―Sí.

―Bien. Como iba diciendo, las reglas: Te dirigirás a mí como señor, nunca por mi nombre ―No tengo problema, sólo le he llamado Hunter en mis fantasías. Pienso para mí―. El juego dará comienzo siempre que yo lo crea conveniente, dará lo mismo el lugar o el día. El mismo puede finalizar siempre que lo desees usando la palabra que creas conveniente. ¿Qué palabra quieres usar Tarah?

Me quedo pensativa durante unos segundos, y decido usar la que más dolor me ha causado en la vida.

―Cáncer.

―De acuerdo, esa será. Pero debes saber que sólo debes mencionarla en caso de que no quieras continuar. ¿Estás de acuerdo por lo de ahora?

―Sí, aunque tengo muchas dudas ―expreso con reticencia sin saber muy bien si debo o no preguntar.

―Es lógico que las tengas. Te informo que jamás te haré daño alguno, puedes estar tranquila en ese aspecto. Quiero que me concedas tú confianza, que me permitas dejarte llevar. Iremos poco a poco.

―¿Ha… habrá otras mujeres? ―indago llena de curiosidad.

―¿Quieres que las haya? ―me pregunta, y me lo imagino levantando la comisura de uno de sus labios con arrogancia―. Esto no es una relación, Tarah. Debes tener eso bien claro.

―¿Y qué es exactamente?

―Placer ―susurra en mi oído y un escalofrío me recorre el cuerpo entero―, lujuria ―coloca las palmas de las manos en mis hombros y cierro los párpados sintiendo como desliza el abrigo por el largo de mis brazos hasta que este cae a mis pies con el bolso incluido― pasión y liberación…

Acto seguido gira mi cuerpo en un movimiento repentino. Me sujeto a sus brazos para no perder el equilibrio y me sorprendo al sentir su piel caliente bajo las palmas de las manos. Al instante, sus labios me besan en la boca con la misma devoción con la que expresaba cada palabra momentos antes. Voraz, ávida e insaciable.

Las fibras de mi cuerpo comienzan a despertar del largo letargo al que se habían acostumbrado en el último año. Recuerdo cómo me dejé llevar ante él la semana pasada frente a la ventana. Hunter, me atrae con sus fuertes manos agarrándome por la cintura, y el calor que irradia su cuerpo desnudo logra que me derrita por entero.

Sus manos viajan por mi cuello, las desliza por la clavícula y terminan rodeando mis pechos que mece con mimo, uno de sus pulgares roza por encima de la blusa mi pezón, y jadeo en su boca justo cuando rompe el beso.

Me da la vuelta de nuevo, ahora tengo la espalda pegada a su tórax. Siento su respiración acompasada pegada a mi cuerpo, es tan distinta a la mía; errática, y sin control…

Echo para atrás la cabeza al sentir sus labios saboreando la piel de mi hombro al apartar la tela de la camisa. Sus manos pasean libres por mi cuerpo haciéndome vibrar y arder a partes iguales. Me sube la falda hasta la cintura, pero no me importa. No me importa nada.

Sólo me dejo llevar por la sensación de éxtasis que recorre mi ser.

Cuando coloca uno de sus brazos alrededor de mi cuello, automáticamente me alarmo y le sujeto con las manos a su antebrazo intentado apartarlo. Me aprieta un poco contra su cuerpo, y siento su duro miembro entre mis nalgas.

―Shh, no pasa nada pequeña. Tranquila… ―me susurra al oído.

Sumerge la otra mano dentro de mis bragas, y con rapidez localiza mi clítoris que masajea realizando pequeños círculos, consiguiendo que mis uñas se claven en su piel por razones bien distintas a las de alejarle. Al mismo tiempo, mordisquea el lóbulo de mi oreja, tirando de él con sus dientes.

―¿Quieres correrte? ―Asiento―. Quiero escuchártelo decir ―me comenta abandonando su toque de mis partes íntimas, y un quejido que sale de mi boca.

―Sí… ―logro decir agitada.

―Sí, qué. ¿Cómo debes dirigirte a mí Tarah? ―me pregunta dando una leve palmada sobre mi hinchado clítoris que me despierta de golpe de dónde quiera que estuviera.

―Sí, señor. Quiero correrme ―le contesto al borde de la desesperación.

―Así me gusta.

Apenas escucho su frase, dos de sus dedos se introducen en mi interior de golpe. Abro la boca y jadeo en alto ante lo inesperado de sus acciones. Me tiene completamente inmóvil pegada a su cuerpo, mientras me penetra una y otra vez, sin dejar de prestar atención con la yema de su pulgar a mi dolorido clítoris.

Al poco rato un calor que comienza en el interior de mí matriz, se extiende por todo mi cuerpo enviando señales alarmantes de placer. Mis músculos se contraen, la cabeza me da vueltas, y lanzo un grito en alto dejando invadir por completo mi cuerpo al orgasmo arrollador.

Intento recurar el aliento, mientras Hunter retira su mano de mi vagina, y afloja el brazo que rodea mi cuello hasta dejarme libre de nuevo.

Ahora que no tengo el tacto de su piel sobre la mía, me llegan a la cabeza mil dudas, inseguridades y cuestiones morales sobre lo que acaba de ocurrir.

―Shh, no pienses tanto ―me comenta rozando sus labios contra los míos.

Me coloca de nuevo la falda que baja con sumo cuidado, y acuna mi rostro entre su mano. Cierro los párpados dejando que sus palabras me tranquilicen. La yema de su dedo pulgar roza mi boca, juega con el labio inferior y termino abriéndola permitiendo que lo introduzca en ella.

Cuando abro los ojos, soy capaz de distinguir su silueta en la oscuridad. Retira el dedo, y se acuclilla para recoger mi abrigo y el bolso del suelo.

―Ve a descansar, Tarah ―me aconseja, invitándome a irme con sutileza―. Por hoy ha sido suficiente.

A diferencia de Izan que me intentó guiar en el pub colocando la palma de su mano en la parte baja de mi espalda, y me alejé, Hunter realiza el mismo gesto para acompañarme hasta la salida, y cuando dejo de sentirle me embarga un sentimiento de pérdida que no comprendo.

La luz del pasillo se enciende una vez cierra la puerta quedándome fuera, a la espera de que llegue el ascensor para regresar a mi apartamento.

Sin saber muy bien cómo, llego a casa. Poso el abrigo y el bolso encima del sofá, y abro la ventana, llevando la vista a su ventanal. Me pellizco el dorso de la mano.

¡Auch!

No, no ha sido un sueño.

 

 

©Antiliados

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Si has disfrutado con el relato de Tarah y Hunter, te gustará conocer de primera mano mis otras obras. “En busca de Adam, “El despertar de Alex” y La obsesión de Max”. Te invito a que conozcas sus historias y te dejes llevar por la pasión y el amor.

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